Sueños cumplidos.
De vez en cuando escuchamos
historias tristes, sueños rotos y fracasos inevitables. Pero no todo en la vida
desdicha y odio, también existe gente feliz y afortunada, gente que ama su vida
y no la cambiaría por nada, gente que se conforma con la realidad en la que
fueron concebidos y no dudan dos veces antes de autoproclamarse “felices”. Ese
es el caso de un joven adulto de 26 años, apuesto, delgado, alto y con un
trabajo relativamente estable en una oficina menor del gobierno que le dejaba
lo suficiente como para vivir cómodamente y seguir disponiendo de tiempo libre
para poder ir a su bar favorito todas las noches. Él había tenido una infancia
fácil en comparación con otras personas menos afortunadas. Sus padres siempre
estuvieron para él, en la Academia no era el más popular ni el mejor alumno,
pero siempre se las arregló para destacar de entre la multitud sin siquiera
intentarlo, cuando cumplió los 21 años y finalizo sus estudios, su padre movió
los hilos para conseguirle un trabajo en el gobierno y desde entonces ha vivido
cómodamente.
Un lunes mientras se disponía a
salir de su oficina e ir hasta su auto como de costumbre, recibió un llamado
urgente de su superior, había unos papeles de último momento que debían ser
despachados antes de que terminara el día. A regañadientes acepto y volvió a su
cubículo, los documentos ya estaban allí, eran una gran pila de al menos 60
hojas. Generalmente leía los documentos antes de enviarlos, pero esta vez se
sentía agotado así que solo los tomo, firmo sobre las líneas puntuadas, aplasto
su sello sobre la última hoja, puso todo en un sobre y lo envió. En todos sus
años de trabajar en el mismo lugar nunca había leído nada que lo hiciera querer
no firmar y era bastante seguro pensar que esta vez no sería la excepción, así
que sin darle más consideración dejo todo en orden y se retiró.
De camino al bar se dio cuenta de
que día era, primero de enero, nunca le había prestado mucha atención a los
días ya que no significaban nada para él, no había nada que esperara de días
especiales que al fin y al cabo terminarían siendo igual al anterior y al
siguiente. Pero este año algo había cambiado, dejo de sentir indiferencia como
de costumbre y sintió un poco de alegría. No tenía idea de donde provenía ni
que la causaba, pero estaba feliz. Llego a su bar habitual y saludo a otros
clientes regulares con los que se había encontrado charlando alguna que otra
vez, les deseo un feliz nuevo año y luego fue a sentarse en la barra como de
costumbre, pidió la misma bebida que venía pidiendo hace 5 años pero antes de
poder tomar el primer sorbo decidió que por alguna razón ese era un día
especial, así que pidió una botella de champagne, la más cara que su sueldo le permitía
comprar, y compartió la bebida con quien sea que estuviera a su lado, así paso
la noche charlando con gente que no conocía. Sin embargo, nada de lo que le
decían le sonaba nuevo, era como si esas mismas ideas hubieran sido dichas mil
veces antes y hubieran echado raíces en alguna parte profunda de su cerebro.
Tuvo una extraña sensación de deja vú, pero en ningún momento se vio
sorprendido.
Mientras las copas iban y venían el empezó
a notar más detalles que no había observado jamás, se percató de que la mayoría
de la gente con la que el trataba tenía una contextura física similar, casi
todos, incluido el, compartían el cabello de color cedro, los ojos marrones y
una tez pálida. Esto no le pareció de gran importancia, ni siquiera entendía por
qué estaba pensando en esas cosas, le atribuyo la anormalidad de su pensamiento
al hecho de que por primera vez en 5 años estaba tomando una bebida diferente.
Ya pasadas unas cuantas horas desde que llego, sintió la necesidad de ir al
baño. Una vez allí por fin noto que había bebido de mas, su reflejo le
resultaba desconocido y su andar era errático. Abrió la canilla de agua fría,
junto sus manos bajo el agua y luego se salpico la cara. El golpe de frio en
sus mejillas había servido para espabilarlo un poco, aunque todavía estaba
lejos de sentirse bien, se encontraba un poco mejor. Un poco renovado decidió
refugiarse en el silencio que proveía el cuarto de baño y espero allí hasta que
su ebriedad se disipara.
A la mañana siguiente se despertó en
el baño del bar, avergonzado, intento escaparse sin que nadie se diera cuenta,
pero al salir del baño se percató de que no habría necesidad de pasar desapercibido,
ya no había nadie. Al ver esto soltó una carcajada y se dirigió hacia su auto
pensando en la tarta de jamón y queso que lo esperaba en su heladera. Mientras
recorría las mismas calles que lo vieron crecer sus pensamientos se apartaron
de la comida y se dirigieron a apreciar la belleza de siempre saber qué es lo
que va a pasar al día siguiente.
Así volvió feliz a su rutina, a la
misma casa de siempre, al mismo trabajo de siempre, al mismo estatus social de
siempre y a su misma bebida de siempre. Sin dudar ni por un segundo que su
felicidad residía en la tranquilidad y paz que su rutina le otorgaba.
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