Sueños rotos.

Esta vida que llevaba ya me parecía aburrida y sin sentido, el constante deseo incumplible de escapar de la monotonía se posaba sobre mis hombros con todo el peso de mis metas y sueños. Años de cargar con estos deseos y esperanzas pusieron el fin a mis ganas de continuar. Tantas cosas que hacer, tantas cosas que ver, tantas cosas que soñar y tan poco tiempo para hacerlo, tan pocos medios para lograrlo, tan poco reconocimiento recibido por parte de los poderosos; me quitaron el aliento y me tiraron a los lobos. Porque es más fácil rendirse rápido que vivir toda la vida esclavo de un sistema que jamás se preocuparía por vos a menos que tengas un apellido importante o una cuenta bancaria en el extranjero.
                Después de que se rieran de mí y me echaran bajo la alfombra por millonésima vez mi estabilidad empezó a flaquear. El sentimiento de no ser suficiente, de solo ser uno más del montón, se apodero de mí y me aislé del mundo. Me hicieron creer que no merecía nada de lo que tenía y que solamente estaba ocupando espacio. Me hicieron sentir inútil y eventualmente terminé siendo lo que ellos decían. Pase incontables días recluido en la oscuridad de una habitación, en una casa que había heredado, en un barrio olvidado de una ciudad vacía donde sus habitantes eran menos que nada para los poderosos gobernantes. Era un lugar olvidado en el tiempo, las noticias no llegaban y cada uno sobrevivía como podía. Todos amargados y desconfiados por las injusticias que el mundo había cometido contra nosotros. Las cicatrices horizontales en los brazos eran algo que se veía todos los días, pero nadie hablaba de ellas. Todos sabíamos muy bien que significaban y nadie tenía palabras de aliento para ayudar a los demás.
                En esta ciudad las relaciones interpersonales eran algo poco habitual. Incluso entre las personas cercanas que vivían en la misma cuadra o hasta en la misma casa. Las personas estaban derrotadas y preferían la soledad antes que tener que ver a los demás rechazados. En este lugar las conexiones humanas solo servían para recordarnos la miseria en la que nos encontrábamos. El lado bueno de esto es que al no haber relaciones jamás nacería nadie en este infierno. Quizás nadie se sentía merecedor de tener amigos o pareja, y no los culpo.
El primero de enero del año 2018 me encontré en mi habitación como de costumbre. Tratando de llevar la cuenta de hace cuantos días no comía, ya había pasado más de una semana desde la última vez que había acallado a mi hambre, pero todavía no estaba ni cerca de volver a comer. Tome una navaja vieja y oxidada, me baje los pantalones y recorrí mis piernas con su filo, buscando un lugar limpio donde no hubiera cicatrices viejas para así poder cortar limpiamente, al final encontré unos de los pocos lugares en los que todavía no había sido marcado por la realidad que me azotaba, justo sobre la rodilla, del lado de atrás de la pierna. Comencé a dibujar una línea con el frio filo del acero hasta que el hambre paso a tener un lugar secundario en mis pensamientos. Así era como olvidábamos cosas en este lugar. Usábamos dolor para tapar el dolor. Para distraerme de mi realidad prendí la radio, esta tenía una sola estación que le pertenecía al gobierno. En esta siempre pasaban las noticias que le convenían que supiéramos, pero jamás se hablaba de nada que nos incumbiera a nosotros. Como ese día era el primero del año lo normal era escuchar en la radio al presidente de turno dando un discurso sobre como el año pasado había sido excelente y como el siguiente sería mejor. Todos los años era más o menos la misma mierda. Sin embargo, este año tenía algo diferente, apenas termino el discurso empecé a escuchar extraños ruidos viniendo desde afuera, como si la gente se hubiera empezado a mover. Impulsado por la curiosidad me acerqué hasta la puerta mientras gotas de sangre caían por mi pierna derecha. Antes de llegar a la puerta esta se abrió sola y entro un hombre que no parecía de por aquí. Alto, sin cicatrices visibles. Su prolijo cabello negro, su pálida piel, su elegante traje y sus huesos rodeados de carne no eran una visión habitual para alguien que vivía por estos lares.
Sintiéndome incrédulo ante lo que veían mis ojos intente preguntarle qué era lo que quería. ¿Por qué estaba ahí? Pero tantos años de aislamiento causaron que mis cuerdas vocales perdieran la costumbre de generar sonidos y al abrir la boca ni una palabra logro salir. Sin darme tiempo a nada ese hombre me tomo de los brazos y me arrastro hacia afuera. Mientras estaba aturdido en el piso tratando de entender que estaba sucediendo a mi alrededor note que no era el único en esta situación. Al menos otras diez personas estaban siendo arrastradas por hombres casi idénticos al que sostenía mis brazos. Nos llevaron a la parte de atrás de un camión y nos dejaron encerrados en la oscuridad por lo que parecieron semanas, pero en el fondo sabía que no habían pasado más de unas cuantas horas.
                Jamás nos explicaron nada. Estos hombres nos tomaron, jugaron con nosotros, hicieron lo que quisieron y cuando se aburrieron nos volvieron a tirar cerca de donde nos habían recogido. Todos volvíamos al horrible lugar que llamábamos hogar. Al menos todos aquellos que seguíamos con vida, algunos no pudieron soportar lo que nos habían hecho y murieron a manos de nuestros captores antes de poder volver a ver la luz del sol.  Sin embargo, más que lastima hacia aquellos que perdieron sus vidas, lo que sentí fue envidia. Ellos ya no tendrían que sufrir todos los días, ya no pasarían semanas preguntándose cuando comerían de nuevo, y tampoco habría nadie que los vaya a extrañar. Mientras que, por mi parte, yo tendría que seguir viviendo con los recuerdos de como la sociedad nos abandonó y cargar con el peso de haber nacido en el lugar equivocado en el momento equivocado.
                Quizás ya no quería seguir luchando. Quizás estaba cansado de todo esto. No iba a dejar que me siguieran usando cuando quisieran y luego abandonarme al costado del camino cuando ya no les sirva.  Tome la navaja de nuevo, esta vez sin preocuparme por donde cortar, ya no era solo para ocultar otro dolor ni para olvidarme del hambre. Esta vez quería olvidarlo todo, dejar ir de las preocupaciones que atormentan mi ser y volverme uno con el infinito del vacío. El primer corte fue superficial, no tenía la suficiente fuerza como para hundir la hoja en la carne. El segundo fue un poco más profundo, pero la sangre no abandonaba el cuerpo como esperaba, salía poca y era densa. El tercer corte fue el que hizo el trabajo, costo mucha fuerza y dolor, pero una vez que removí la hoja pude ver como un chorro de sangre salía disparado de mí, había logrado cortar una arteria. Poco a poco el dolor se convirtió en entumecimiento, frió y debilidad, cerré los ojos y me dejé llevar. Mientras sentía el calor del líquido alrededor de mi cuerpo comprendí lo que realmente era la libertad. El poder elegir, el decidir cuándo parar. Así mientras mi consciencia empezaba a abandonarme pude por primera vez en mi vida probar ese tipo de felicidad que solo puede expresar alguien que es libre de las ataduras sociales.



-Para esta historia quise hablar de la depresión que te puede generar vivir en un mundo donde uno se siente abandonado. Para esto decidí contar la historia de una persona que se siente abatida por la monotonía de su existencia. En un momento la historia parece que va a tomar un giro y que algo emocionante esta por pasar, pero luego esa ilusión se ve destruida y el protagonista se ve de nuevo en su horrible realidad, solo que esta vez con nuevas cicatrices y menos ganas de luchar.-

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